Soria conserva el encanto que plasmaron en sus versos Bécquer, Machado o Gerardo Diego. La llaman la ciudad de los poetas. Desde aquí, desde estas líneas, se propone un viaje por la Soria más poética, por la Soria que prendó a los poetas, una Soria verde y de piedra, monumental, una Soria en parte distinta del resto de Castilla. El paisaje es montañoso y nada seco. La ciudad, con 35.540 habitantes, es la segunda capital de provincia más pequeña de España y su tamaño le da un encanto especial, provinciano y rural. A pesar de todo lo que tiene que ofrecer, la capital del Duero ha sido minusvalorada. Pero es un referente en el románico español, una ciudad con influencias cristianas, judías y musulmanas.
ANTONIO MACHADO
Antonio Machado llegó a Soria en 1907 para ocupar la cátedra de francés en el instituto, un antiguo convento jesuita hoy dedicado a su figura. Se instaló en una pensión de la calle Estudios, donde conoció a Leonor Izquierdo, hija de los dueños; una muchacha de 13 años con la que se casó en 1909. La boda escandalizó a los más conservadores por la diferencia de edad entre la pareja. Él tenía 32 años; ella, 16.
A los pocos años se trasladaron a París, donde el poeta iba a ampliar sus estudios de filología francesa. Estando allí Leonor enfermó de tuberculosis y, aunque volvieron a Soria donde el clima le era más favorable, nada se pudo hacer por su vida. Cuando ella murió Machado se sumió en una profunda tristeza que inspiró sus versos más románticos. Dejó Soria, que tanto le hería, y se trasladó a Baeza para ocupar una vacante en su instituto.
Bécquer, otro poeta sevillano, llegó a Soria y se casó inesperadamente con Casta Esteban, la hija de su médico, tras haber mantenido un romance con Julia Espín. La ciudad que él reflejó en sus obras era oscura y tenebrosa. Mitificó el Monte de las Ánimas y en San Polo situó una de sus leyendas, "El rayo que no cesa".
GERARDO DIEGO
Gerardo Diego llegó a Soria en 1920 para ocupar la cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto, como años antes había hecho Antonio Machado. Su relación con la ciudad no fue tan intensa, ya que en 1922 se trasladó a Gijón. Pese a todo, durante estos dos años sus versos son testigos del encanto de Soria.
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